“El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos”
(Pitágoras)
QUERIDAS FAMILIAS
Una vida en pareja implica una inversión afectiva, personal y material tan importante que toda nuestra existencia queda, de una u otra manera, condicionada. En este caminar como pareja y como familia unida y, al mismo tiempo diversa, es importante asumir que no somos perfectos y que pueden cometerse errores e incomprensiones. Ante ellos no hay que asustarse ni menos desilusionarse aunque parezca que se resquebrajan sueños y proyectos ilusionantes.
En cualquier caso siempre es mejor comunicarse que caer en el mutismo y dejar que las diferencias se acallen en un conformismo quizás cómodo pero, seguro, negativo. Hay que hablar, hacer una puesta a punto de las diferencias a medida que van surgiendo, revisar las ilusiones y proyectos iniciales que son el norte de la relación. Muchas veces bastará con una simple aclaración de posiciones, otras habrá que aceptar las diferencia o reconocer errores cometidos, pedir perdón y saber curar entre todos las heridas. En la comunicación el propósito no es nunca vencer sino dialogar con transparencia y sinceridad, clarificarnos, comprendernos, aceptarnos.
Quizás os resulte ocioso o excesivamente discursivo, pero así es: la comunicación no se reduce al intercambio de información; va más allá de lo que las palabras pueden decir. Cuando alguien quiere comunicarse contigo, confía más en tu corazón que en tu oído. Quiere que le acojas, que le quieras, que le animes, que le entiendas, que le sonrías, que le beses, que le riñas...
Y en ese trajín de solicitudes de lo esencial y de lo querido, ¿quién va a negar elocuencia a un beso, a una mirada, a un gesto, a un silencio atento? Comunicarse, pues, se aviene con descentrase y acercarse al otro, necesitarle, confiarse, establecer comunión.
Cada cual busca en el amor cosas diferentes. Cada uno decide qué tipo de relación quiere y busca. Para los cristianos es una unión para siempre.
Las personas buscan, a veces desesperadamente, la estabilidad y el equilibrio. Y con frecuencia la buscan en el exterior. En las parejas uno la busca en el otro, aunque la realidad es que está en el interior de cada uno.
Nos enamoramos de las cualidades que creemos posee el otro. Son más deseos nuestros que realidades del otro.
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